HISTORIA
SU CAMINO EN LA CIUDAD
VOR
Alias: PROVIDENTIA
"La Providencia no salva. Decide."
Nadie recuerda el verdadero apellido de Vor. Antes del colapso era un investigador especializado en microbiología militar y balística aplicada. Su trabajo consistía en desarrollar métodos para neutralizar amenazas biológicas y calcular la propagación de agentes infecciosos en escenarios de guerra. Nunca creó el virus que destruyó el mundo, pero durante años trabajó demasiado cerca de quienes sí estaban dispuestos a hacerlo.
Cuando comenzaron los primeros brotes, comprendió algo que el resto tardaría semanas en aceptar: la civilización ya había perdido.
Mientras gobiernos seguían prometiendo rescates, Vor abandonó los laboratorios y recuperó una habilidad que llevaba años perfeccionando en secreto: el tiro de precisión. Había sido instructor de francotiradores militares, convencido de que un solo disparo bien ejecutado podía cambiar el curso de una batalla mejor que cien soldados.
El laboratorio se convirtió en un puesto de observación.
El científico en un verdugo.
Y el hombre... en un símbolo.
Durante los primeros meses dejó de intentar salvar a todo el mundo.
Observó cómo comunidades enteras caían por proteger a quienes ya no podían sobrevivir.
Padres que condenaban a sus hijos.
Líderes que sacrificaban ciudades por orgullo.
Médicos que desperdiciaban los últimos antibióticos en casos imposibles.
Comprendió que el virus no era el verdadero enemigo.
La estupidez humana lo era.
Fue entonces cuando desapareció Vor.
Y nació...
PROVIDENTIA
No porque creyera ser un dios.
Sino porque alguien debía tomar decisiones que nadie quería asumir.
Desde ese día comenzó a dejar una única marca allí donde actuaba.
Un halo negro roto.
Una máscara sin rostro.
Tres frases.
愚者に死を
Muerte al necio.
弱者に罰を
Castigo al débil.
強者に栄光を
Gloria al fuerte.
Los supervivientes empezaron a encontrar aquel símbolo pintado con aerosol en laboratorios abandonados, torres de agua, puestos militares y tejados desde los que alguien había eliminado a una horda antes de desaparecer.
Nadie sabía si era una advertencia...
...o una promesa.
Providentia nunca gobernó un asentamiento.
Nunca aceptó seguidores.
Nunca llevó uniforme.
Sin embargo, con los años comenzaron a surgir imitadores.
Algunos copiaban su símbolo.
Otros repetían sus frases.
Muchos morían intentando ser él.
Porque ninguno entendía el verdadero significado de la Providencia.
No era salvar.
No era matar.
Era decidir quién tenía futuro.
Los pocos que han visto a Providentia coinciden en la misma descripción:
Un hombre cubierto por una capucha.
Una máscara antigas que oculta cualquier emoción.
Un fusil de cerrojo siempre limpio.
Y una paciencia infinita.
Nunca dispara dos veces al mismo objetivo.
Nunca habla antes de actuar.
Nunca deja un cadáver sin una razón.
Solo deja el símbolo.
Porque las personas olvidan los nombres.
Pero recuerdan los símbolos.
Y cuando el halo negro aparece sobre un muro, los supervivientes ya conocen el mensaje:
La Providencia ya ha pasado por aquí.